Este comentario es mi reacción ante una entrevista hecha por Miguel A. Fornerín al crítico literario Giovanni di Pietro que aparece en el séptimo número de la revista digital Mediaisla (mediaisla.net), editada por el escritor René Rodríguez Soriano.
Yo soy uno de los que creían que los valientes señalamientos que el crítico italiano Giovanni di Pietro ha hecho sobre algunas obras y autores dominicanos estaban basados en un empeño constructivo, en un interés pedagógico sano, a los cuales, por su condición de extranjero, les sería más fácil darle un tinte de objetividad. Pero, al leer esta entrevista, me he llevado tremenda desilusión. Desilusión que no invalida necesariamente mi concordancia con algunas de las conclusiones a que él ha llegado en sus trabajos. Por lo menos, los que he podido leer.
El chasco viene tanto por la falta de seriedad que se nota en algunos juicios externados en la aludida entrevista, como por las incongruencias y/o contradicciones en que incurre el autor, sin hablar de la ligereza conceptual y el velo colonialista que se observa en sus opiniones sobre la cultura dominicana (podría plantear otras deficiencias pero como al señor le gusta que le demuestren cuando está equivocado, no las voy a mencionar porque se puede aducir que son subjetividades mías).
Voy a comenzar por lo primero.
Ningún crítico serio puede responder, ante la pregunta sobre los diez mejores escritores dominicanos de la actualidad, mencionando los nombres de solo tres y diciendo de los siete restantes que "a lo mejor no los hay". Eso solo puede significar que el interpelado ha leído muy poco de lo producido por nuestros escritores o que no maneja apropiadamente el idioma en el que se le está preguntando (porque ¿cuál es la abismal diferencia que existe entre Andrés L. Mateo, Pedro Peix, Marcallé Abréu y Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Vergés, Pedro Antonio Valdez, Efraím Castillo, Diógenes Valdez, Alexis Gómez Rosa, René Rodríguez Soriano, Rafael García Romero, Rafael Peralta Romero y Ángel Garrido?). En ambos casos debe dedicarse a otros asuntos si quiere que se le respete.
Es una falta de seriedad también, tratar de despojar a otros de derechos que uno acepta como buenos y válidos para sí mismo, encontrándose en las mismas condiciones que ellos (di Pietro sí puede ser un escritor italiano que escribe en español pero Julia Alvarez y Junot Díaz no pueden ser escritores dominicanos que escriben en inglés).
Es decir, yo, blanco de Europa, sí puedo mantener mi condición de ciudadano superior aunque me exprese en otro idioma que no es el mío, pero ustedes, mulatos que se han arrimado a una cultura "de más categoría" tienen que ser absorbidos por ella con todo y ciudadanía. ¿No suena esto un poco "cristobalcolonesco"?
Segundo: incongruencias y/o contradicciones.
"Sostengo que, hasta que no se resuelvan los problemas básicos de la sociedad (miseria, exclusión, violencia, falta de oportunidad, etc.) no es posible para el escritor dominicano de verdad trascender la representación social. Tampoco es cosa acertada hacerlo. Lo que procede es elevar lo particular o regional a lo universal, pues es solo este procedimiento lo que hace posible la gran literatura"
"Para mí, Caonex, de J. M. Sanz Lajara, es una gran novela pese a su verbo reaccionario". (Sin comentario)
Tercero: ligereza conceptual.
Es una ligereza de cualquier persona considerar la nacionalidad de un inviduo por el tiempo que tiene viviendo en un país determinado, sobre todo cuando esa persona no ha expresado con hechos, palabras o acciones legales, su intención de romper con su nación de origen. En el caso de los escritores esto se hace mucho mucho más complejo pues su ciudadanía no solo es un hecho político-legal sino que involucra el contenido de su producción. La forma en que se presente una obra literaria no debe utilizarse como argumento para despojar a nadie de sus orígenes, especialmente cuando el fondo, la sustancia de esa obra, se nutre de elementos socioculturales inherentes a la sociedad de donde procede su autor.
jueves, 28 de enero de 2010
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